Si la llamamos pizza muere un gatito napolitano. Si, para afinar más en la descripción, la definimos como “quiche” o como “pie”, podemos caer en la tentación de pensar que no estamos ante el desmadre calórico que tenemos entre manos. La “deep dish” pizza de Chicago, o pizza de plato hondo en su traducción literal, viene a ser algo como el plan urbanístico de Dubai. Una monstruosidad.
La receta, cuyo origen ya habréis deducido las mentes más avispadas, data de los años 40 del siglo pasado y es, para hacer honor a la verdad, una especie de pastel horneado en un molde circular alto. Primero la masa, en cantidad generosa –ya advertíamos que no responde a las proporciones de una pizza italiana, ni siquiera de una pizza–, con mezcla de harinas de trigo y maíz y aceite para permitir que se dore y alcance la consistencia necesaria para lo que viene después: sus buenos dos dedos de salsa de tomate agridulce sobre queso fundido a go-gó y los ingredientes que más nos seduzcan; en el caso de la original de Chicago, champiñones, cebolla, pimiento verde y salchicha o pepperoni.
Así que, recordad, ante la tentación de hacer un pedido a alguna de esas cadenas de comida rápida americana, en vez de prepararla en casa: si es plana no es la auténtica, si es blandurria por los bordes no es la auténtica y si sois capaces de acabárosla de una sentada no es, ni de lejos, la auténtica.